noviembre 2008


         El debate público originado con el caso Mari Luz sobre las penas a los pederastas se aviva con sucesos como el de la niña de Fortuna, el resultado de cuya autopsia me ha consternado hoy al leerlo en la prensa.

         Los niños son lo más maravilloso que existe en el universo. Son ingenuos, inocentes, tan llenos de vida, se ilusionan por cualquier cosa, irradian una energía inagotable que llena todos los rincones del hogar que habitan. Dan sentido a la vida de sus mayores, esperanza a la humanidad e infalible sentido común a los problemas más complicados. Los niños son la esencia del ser humano, su más puro estado, antes de ser corrompido y desnaturalizado por las circunstancias propias de la edad adulta. Y son también los seres más indefensos que hay. No pueden defenderse de la maldad porque no la conocen, no la entienden, ni siquiera la conciben.

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         La sentencia del Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 2 de Valladolid, que obliga a un colegio a retirar los crucifijos de sus aulas, ha traído de nuevo a primera línea de la actualidad informativa la polémica de los símbolos religiosos. Enarbolando la bandera del laicismo, algunos sectores se aprestan a exigir que se retiren los símbolos religiosos de todos los colegios públicos. Algunos medios llegan a confundir laicismo con ateísmo, y la confusión de Rouco Varela va más allá cuando afirma que “El Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo”. Para acabar de enredar la situación, hay voces que se alzan justificando la actitud beligerante contra la religión precisamente en la beligerancia de las propias instituciones religiosas.

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         Cuando hablamos de grandes pensadores, evocamos a aquellos griegos milenarios, padres de la filosofía y la metafísica, entregados a empresas trascendentes a despecho de sus propias necesidades físicas y placeres mundanos. También a esas personas que, a lo largo de la historia, han sabido elevarse sobre el terreno, abstraerse de la nimiedad, abrir el plano para ver, desde su privilegiado punto de observación, un mundo que los demás, ofuscado el bosque por los árboles, ni siquiera imaginaban que pudiera existir. Tanto unos como otros han cambiado el mundo.

         Mas ni Parménides ni Kant; ni Heráclito ni Galileo; ni Sócrates ni Einstein. Ninguno de ellos alumbrara jamás idea de mayor calado, profundidad y lucidez intelectual que nuestro mago del pensamiento, nuestro prestidigitador del verbo, nuestro Windows Vista humano. El gran pensador del siglo XXI, y de todos los tiempos y lugares, responde al nombre de Pedro Saura.

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