Cuando hablamos de grandes pensadores, evocamos a aquellos griegos milenarios, padres de la filosofía y la metafísica, entregados a empresas trascendentes a despecho de sus propias necesidades físicas y placeres mundanos. También a esas personas que, a lo largo de la historia, han sabido elevarse sobre el terreno, abstraerse de la nimiedad, abrir el plano para ver, desde su privilegiado punto de observación, un mundo que los demás, ofuscado el bosque por los árboles, ni siquiera imaginaban que pudiera existir. Tanto unos como otros han cambiado el mundo.

         Mas ni Parménides ni Kant; ni Heráclito ni Galileo; ni Sócrates ni Einstein. Ninguno de ellos alumbrara jamás idea de mayor calado, profundidad y lucidez intelectual que nuestro mago del pensamiento, nuestro prestidigitador del verbo, nuestro Windows Vista humano. El gran pensador del siglo XXI, y de todos los tiempos y lugares, responde al nombre de Pedro Saura.

         Es fácil criticar lo que no se entiende, y así, en despreocupado ejercicio de necedad y torpeza, se han malinterpretado y tergiversado perversamente unas declaraciones suyas que, a modo de epítome de su erudición y creatividad, nos ofreciera ayer -día 17- para degustación y deleite de los que saben apreciarlas.

         Proponía el sabio que los buenos estudiantes, aquéllos con mejores calificaciones académicas,  fuesen eximidos de pagar impuestos en los primeros años de su actividad profesional. Tal es su preclaro análisis del fracaso escolar en la región.

         Aprestáronse necios y criticones a, no comprendiendo que el estudiante murciano se desmotiva ante la perspectiva de tener que pagar impuestos en los primeros años de su actividad profesional, censurar la idea y tacharla de necedad. Pero no hay mayor necio que el que encuentra necio al sabio.

         Quéjanse, por ejemplo, de que el estudiante brillante ha de encontrar mejor empleo, y que la medida redundará en que no paguen impuestos los que más ganan. Craso error, puesto que obtendrán mejores calificaciones los alumnos de centros con menor grado de exigencia, que serán aquéllos con mayores dificultades de integración de los estudiantes. Por tanto, se premiará a los que han sufrido un período escolar más traumático, lo que es una auténtica política socialista del siglo XXI (colateralmente, sacarán también buenas notas los niños de papá matriculados en centros privados carísimos, pero son tan pocos casos que no desvirtúan la excelencia de la medida).

         Otrosí quéjanse de que premiar con la exención de impuestos contraviene la propia ideología socialista de la que es adalid, según la cuál todos hemos de colaborar solidariamente para el bien común. Yerran de nuevo: el premiado cumplirá la socialista función de ser el blanco de los furibundos ataques de los sindicatos, y permitirá a futuros socialistas prometer al electorado que eximirá de la exención a estos injustamente privilegiados paradigmas de la insolidaria y egoísta derecha.

         El colmo de la torpeza es preguntarse cómo se hará en los comercios para no cobrar el IVA a los superestudiantes, si tendrán que mostrar un carné o bastará con una frase erudita, y si habrá de adaptarse el plan general contable y la declaración de IVA de las empresas para admitir estas modificaciones. Nada de eso, el supergenio recibirá una paga del estado de la que irá descontando todo ese IVA, y devolverá el resto. Si quiere. Y si no, pues no. Por incentivar, que no quede.

         Finalmente, el avispado demagogo apunta la posibilidad de que se aumente la carga impositiva al mal estudiante. Horrible manera de manipular una tan noble idea. No, eso no va a ocurrir. Que nadie se asuste. No se descarta, antes bien, que suban los impuestos en general y se baje la nota de corte de excelencia estudiantil, con lo que se llegaría de facto a que los vagos e imbéciles que sacan malas notas cargasen con todo el peso de los impuestos, pero no adelantemos acontecimientos.

         Quedan, pues, refutadas las críticas y restablecida a su pedestal de erudición la señera figura de Saura, don Pedro. Gaudeamus igitur.

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