La sentencia del Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 2 de Valladolid, que obliga a un colegio a retirar los crucifijos de sus aulas, ha traído de nuevo a primera línea de la actualidad informativa la polémica de los símbolos religiosos. Enarbolando la bandera del laicismo, algunos sectores se aprestan a exigir que se retiren los símbolos religiosos de todos los colegios públicos. Algunos medios llegan a confundir laicismo con ateísmo, y la confusión de Rouco Varela va más allá cuando afirma que “El Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo”. Para acabar de enredar la situación, hay voces que se alzan justificando la actitud beligerante contra la religión precisamente en la beligerancia de las propias instituciones religiosas.

         Vamos por partes.

         Ateísmo es la negación de Dios, de cualquier dios. El ateísmo, en tanto que no se ha podido demostrar científicamente que no existan dioses, es una creencia más, una fe.

         Laicismo es la independencia del Estado respecto de cualquier confesión religiosa. Dicho de otro modo, es la convivencia en armonía de todas las confesiones bajo un Estado que no toma partido por ninguna de ellas. Entiéndase, por supuesto, todas las confesiones que respeten los derechos humanos.

         La diferencia es notable. Dentro del laicismo pueden, y deben, convivir armónicamente el ateísmo y las demás creencias, en igualdad de condiciones. Por tanto, la confusión de Rouco consiste en que no hay tal cosa llamada laicismo radical, puesto que el laicismo se basa en el respeto, sino que probablemente se refiriese a ateísmo radical, el que no sólo niega la existencia de Dios, sino que intenta imponer tal negación a los demás.

         En cuanto a esa ley del talión de responder a supuestas posturas radicales con más radicalidad pero de signo contrario, esa discriminación positiva del ateísmo, no cabe dentro de mi concepto de laicismo. Lo que cabe es el discurso moderado, el respeto a las creencias de cada uno, y la inamovible posición centrada y neutra respecto de todas las confesiones, independientemente de cuánto griten sus líderes espirituales.

         Sentado el fundamento de cómo ha de ser, según yo lo entiendo, un Estado laico, y una postura personal laica, podemos entrar de lleno en la polémica de los símbolos religiosos en las aulas.

         Personalmente, ver un crucifijo colgado en la pared me inspira lo mismo que si fuera un póster de Ricky Martin, es decir, absolutamente nada. Esos símbolos pueden tener significado para algunas personas, un significado que sólo a ellos importa y que merece respeto, y para los demás son indiferentes. Otra cuestión bien distinta sería, por ejemplo, si los niños tuviesen que persignarse ante el crucifijo al entrar en clase, o rezarle. Esto sí sería una intromisión intolerable en la libertad religiosa, pero esto no ocurre en nuestras aulas.

         En mi opinión, una actitud laica en este asunto consiste, no en quitar todos los símbolos y dejar la pared pelada, sino en admitir los símbolos correspondientes a todos los credos. Si los padres de un niño son judíos, que luzca una estrella de David junto al crucifijo; y si son budistas, la Rueda del Dharma. En definitiva, todas las creencias recogidas y respetadas por igual. Y para los que no creemos en nada, son sólo elementos decorativos sin importancia -y hasta bonitos, en muchas ocasiones-.

         Es diferente el caso de la toma de posesión de algunos cargos públicos bajo juramento sobre la Biblia. No es por la forma, pues igual me daría jurar sobre el Quijote, sino por el fondo, por la implicación de aceptar un determinado dios como depositario de mi promesa de cumplir mis obligaciones. Mi promesa es ante los hombres, no ante los dioses.

         Así pues, no sólo no se retiren los bonitos elementos decorativos católicos, sino que añádanse a ellos bonitos elementos decorativos de otras religiones, y respetemos a aquéllos para los que tengan un significado especial.

Anuncios