El debate público originado con el caso Mari Luz sobre las penas a los pederastas se aviva con sucesos como el de la niña de Fortuna, el resultado de cuya autopsia me ha consternado hoy al leerlo en la prensa.

         Los niños son lo más maravilloso que existe en el universo. Son ingenuos, inocentes, tan llenos de vida, se ilusionan por cualquier cosa, irradian una energía inagotable que llena todos los rincones del hogar que habitan. Dan sentido a la vida de sus mayores, esperanza a la humanidad e infalible sentido común a los problemas más complicados. Los niños son la esencia del ser humano, su más puro estado, antes de ser corrompido y desnaturalizado por las circunstancias propias de la edad adulta. Y son también los seres más indefensos que hay. No pueden defenderse de la maldad porque no la conocen, no la entienden, ni siquiera la conciben.

         Y todos los niños son magos. Utilizan su magia para crear mundos de fantasía llenos de peligros y misterios tan ingenuos que enternecen y tan brillantes que deslumbran. Nada es imposible porque no saben lo que significa esa palabra y de palabras llenan la vida, unas reales, otras inventadas para dar cabida a sus mágicos conceptos que crepitan en la fulgurante hoguera de su ingenio mientras sueñan despiertos o dormidos, inquieta su alma entre mil aventuras, sabiendo que nada es imposible y que la vida es magia y que ellos son magos. Pero si el monstruo es tan fiero que vence al héroe o el hechicero es tan poderoso que domina al mago… Cuando todo parece perdido, siempre están papá y mamá, tan imponentes, tan ciegos ante la realidad alternativa que vive el niño, que monstruos y hechiceros desaparecen al instante con su sola presencia.

         Y el pequeño mago pronto olvida la trepidante aventura porque está presto a adentrarse en la próxima, que ya bulle en su mente cobrando forma, color y hasta olor.

         Y de pronto llega, sin avisar, un tortazo de un padre borracho. O un abuso de un padrastro sin escrúpulos. O un empujón de una madre desquiciada. Y la magia se desvanece entre el dolor físico y la incomprensión más absoluta. Y el niño cae al suelo y se fractura un hueso. Y llora, y llora, y no entiende nada, porque ya no es mago ni tiene poderes ni vive aventuras ni sus papás lo salvan. Ahora nada tiene sentido. Y el pequeño mago muere. Y el niño deja de ser niño.

          No hay peor crimen, más despreciable, más miserable, más ruin, más odioso, que agredir a un niño. Y no me refiero sólo a la agresión física: destruir la inocencia de un niño, su felicidad y sus ilusiones, es ya de por sí un crimen execrable.

         Por eso, mi posición ante la pederastia y el maltrato infantil es inamovible e inexorable: que los criminales cumplan las penas más largas y gravosas que se puedan imponer. Si es la cadena perpetua, mejor. Y que nunca, absolutamente nunca, se les vuelva a otorgar el beneficio de la duda en el trato con niños. Si la presunción de inocencia, una vez cumplida la pena y ajustadas las cuentas con la sociedad, es un derecho inalienable, más aún lo es, para mí, el derecho de los niños a ser protegidos de los degenerados que alguna vez han demostrado ser monstruos capaces de caer lo más bajo que puede caer un ser humano.

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