El bebé cuyo padre estrelló contra la pared a causa de su molesto llanto, con la aquiescencia de la madre, ha salido de la UCI, y ha sido trasladado a la Unidad de Lactantes de la Arrixaca. Ojalá se recupere pronto y vuelva a un estado de salud normal. La normalidad que nunca recuperará, o que nunca tendrá, en realidad, es la del amor y cuidados de sus padres.

         ¿Cómo es posible tratar así a una criatura indefensa que llora porque necesita algo, porque no tiene otra forma de comunicación? ¿Cómo es posible, además, siendo tu propio hijo? ¿Qué clase de monstruo infrahumano es capaz de semejante atrocidad? ¿Cómo se puede, no sólo castigar al animal agresor, sino resarcir a la pequeña criatura de la aberrante agresión? ¿Qué secuelas no le habrán de quedar en su subconsciente, aunque logre recuperar plenamente la salud?

         Todas estas cuestiones vienen al caso por sí mismas, y monstruosidades como la de estos padres deben ser denunciadas una y mil veces en aras de la defensa del más frágil ser de la naturaleza, pero son especialmente candentes en relación a un tema que aún está en boga: el de la defensa del menor en las adopciones.

         La sanción al juez Ferrín Calamita por su retraso malicioso en un proceso de adopción, por el mero hecho de ser una pareja de lesbianas (una de las cuales, recordemos, es la madre biológica) sacó a la luz, pues así argumentó el juez en su defensa, la necesidad de verificar hasta la saciedad la idoneidad de los futuros padres, y su cualificación para hacerse cargo del menor. Bien está que se soliciten estudios e informes de toda índole (sin actitud maliciosa, por supuesto) en pro de la defensa de los derechos del adoptado, pero ¿quién garantiza la idoneidad de los padres de un niño nacido de manera natural en el seno de una pareja heterosexual? ¿Por qué tiene más garantías el niño adoptado que el natural?

         Los padres que aman a sus hijos, como usted y como yo, encontrarían extraño, e incluso inadmisible, que alguien cuestionase a priori su cualificación como padre, pero ¿qué pasa con niños como el protagonista de este artículo? ¿Es posible certificar, antes de que sea concebido, que sus padres van a ser buenos y cariñosos con él, que lo van a proteger y cuidar entregando lo mejor de sí mismos? No parece que tal cosa sea posible sin incurrir en una vulneración intolerable de las libertades de las personas, pero creo que estos “padres” que ya han demostrado cómo tratan a sus hijos no deberían poder concebir de nuevo (ni adoptar, por supuesto). Y lo creo porque la Ley debe defender siempre al más débil de los abusos del más fuerte, y el más débil es siempre el niño.

         Como efecto colateral, este desgraciado acontecimiento viene a corroborar que la condición sexual de los padres es del todo irrelevante. Y lo es por una simple cuestión de proporción, porque mientras existan energúmenos como el que tristemente nos ocupa, todo lo demás pasa a segundo plano. No sé qué influencia puede tener en el menor no disponer de los dos modelos sexuales de progenitor (aunque sí sé que mi hijo me imita a mí, y no a su madre). No lo sé ni me preocupa, porque sea cual sea su efecto, será insignificante en comparación con lo que considero que necesita un niño de sus padres: amor, cariño y educación. Teniendo estas tres cosas, ya sea un niño adoptado o natural, ya sea una pareja homosexual o heterosexual, o una persona sola, ya sea una familia rica o pobre, el niño tendrá las condiciones necesarias para ser feliz y desarrollarse con normalidad.

         Todo lo demás carece de importancia.

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