Las grandes ideas pertenecen por definición a los grandes genios, o acaso sea al revés, que los grandes genios deban su condición a esas ideas que, por caprichosas razones, los eligen para emerger. Y es gracias a éstos y a aquéllas que la ciencia avanza, con paso firme aunque no siempre rectilíneo, hacia una comprensión del universo cada vez mayor.

         El enmarañado tejido de los secretos de la Naturaleza, tramado y trabado a partir de la imposible urdimbre de conceptos y ecuaciones que, al cabo, la gobiernan, no se deja desentrañar sino por aquella pléyade, ahíta de erudición, que atesora los más notables destellos del pensamiento humano, seres tocados por la suprema diosa Sabiduría en dulces pinceladas, sutiles y precisas, que los dotan de una unicidad única entre todas las unicidades.

         Un ejemplo paradigmático lo constituye el equipo del doctor Hansimian, del National Center for Public Policy Research, cuyos innovadores métodos sentarán precedente por su elegancia y sencillez en la predicción de la evolución de las variables meteorológicas.

         La soberbia idea de los científicos norteamericanos de hacer que un chimpancé lance unos dados, podría ser de ilimitada aplicación en nuestro país, aunque con matices:

         Siendo nuestro más emblemático representante allende nuestras fronteras, el toro bravo sería la elección más natural para tomar el mando de las operaciones predictivas. Mas al carecer de destreza para el lanzamiento de dados, la estimación podría venir dada por el análisis de empitonamiento, teorema muy principal del análisis matemático, que paso a enunciar:

         Sea un capote C en el que se ha dibujado una distribución gaussiana de, pongamos por caso, la función de probabilidad del crecimiento del PIB, en porcentaje.

         Sea un toro T, apolítico –no vayamos a mezclar churras con merinas–, en posición de combate, y un torero T’, apolítico también, que sostiene el capote sin ver los gráficos en él contenidos.

         Toda provocación P de T’ a T genera una embestida E de T a T’, proporcional a P, que acaba con, al menos, un pitón contra la tela.

         Allá donde T aplique el pitón, ése será el crecimiento del PIB –por ejemplo–.

         Las posibilidades predictivas son extraordinarias. Así se adorne el capote con cifras del paro, déficit público, IPC o cotizaciones del euro, el noble animal determinará la evolución de las mentadas variables macroeconómicas con infalible exactitud.

         Otra posibilidad consiste en escribir en la tela los nombres de las cajas de ahorros, y dejar que el animal las fusione con embestidas sucesivas, o de dos en dos con ambos cuernos.

         Y lo más triste es que no es broma: este método no sería más inexacto que las predicciones de nuestro Gobierno…

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