En el siglo IV a.C., Aristóteles de Estagira definió tres formas de gobierno con sus correspondientes degradaciones. Según el sabio, la Monarquía (gobierno de una sola persona, la más sabia y virtuosa) acabaría degradándose en Tiranía; la Aristocracia (gobierno de unos pocos, los más virtuosos y capacitados) degeneraría en Oligarquía (unos pocos, pero sin virtud); finalmente, la República (ricos y pobres participan en el gobierno) devendría Demagogia (sólo los pobres).

         Este planteamiento aristotélico, que resulta anacrónico en el contexto actual, tuvo su continuación en Polibio de Megalópolis, quien sustituyó la República por la Democracia (gobierno del pueblo) y su correspondiente degradación, la Oclocracia (gobierno de la muchedumbre).

         Polibio estableció una teoría según la cual los sistemas políticos se sucederían en forma cíclica y ordenada. Así, a la Monarquía seguiría, por degradación, la Tiranía. Ésta trataría de solventarse mediante la instauración de una Aristocracia que, irremediablemente, degeneraría en Oligarquía. Finalmente, cuando la Democracia pareciese la solución a todos los males, el proceso degenerativo llevaría a la Oclocracia, el más pernicioso de todos los sistemas políticos, ante el que sólo cabría esperar a que llegase la persona adecuada, sabia y virtuosa, que restableciese la Monarquía, para comenzar de nuevo.

         Mientras que en la Democracia el pueblo gobierna con su voluntad general legítima, la Oclocracia implica que las hordas, las masas, manipuladas demagógicamente y faltas de criterio propio, imponen por la fuerza sus deseos viciados e irracionales. La definición literal de Polibio dice así: “[La Oclocracia es] la tiranía de las mayorías incultas y uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar políticas, decisiones o regulaciones desafortunadas”. “Cuando ésta [la Democracia], a su vez, se mancha de ilegalidad y violencias, con el pasar del tiempo, se constituye la Oclocracia”.

         Las huelgas con uso de violencia en sus piquetes informativos, las manifestaciones radicales, a veces fundamentalistas, orquestadas desde la retórica y la demagogia de ciertos líderes, la reticencia institucional a acatar determinadas sentencias judiciales, las actitudes violentas, e incluso terroristas, con fines políticos… Todas ellas son ejemplos actuales cuyo encaje en la definición de Polibio cabe ser sugerido.

         La definición de Rousseau también es interesante; contrapone los conceptos de “voluntad de la mayoría” y “voluntad general”. El primero sería propio de la Oclocracia, mientras que el segundo lo sería de la Democracia.

         Cuando los que ejercen el poder en una Democracia se afanan en conservarlo a toda costa, manipulando con propaganda y retórica a los sectores más vulnerables de la sociedad, están en realidad precipitando la degeneración del sistema y caminando con paso firme hacia la Oclocracia. Esta demagogia apela a emociones irracionales mediante estrategias tales como la promoción de las discriminaciones, fanatismos y sentimientos nacionalistas exacerbados, creación de miedos e inquietudes carentes de fundamento racional, promesas de lo imposible y manipulación de los medios de comunicación y la educación para hacer cada vez más ignorante, y por tanto más vulnerable, a la ciudadanía, consumando su transmutación de pueblo en muchedumbre.

         Poco después de la muerte de Polibio, a finales del II a.C., la República romana degeneró precipitadamente en Oclocracia, con la proliferación de demagogos y populistas, convirtiéndose en Monarquía (un Principado, en realidad) en el último tercio del siglo I a.C. Y esa Monarquía, como todos sabemos, acabó tornándose en Tiranía, no mucho tiempo después.

         La Historia siempre está ahí, a nuestra disposición para aprender de ella y no repetir los mismos errores una y otra vez.

         Precisamente por eso, hay a quien no le interesa que la conozcamos.

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