Cuando cierras los ojos y tu cuerpo, relajado, acompasa una respiración regular y serena, no sólo se duerme un niño de seis años: se duerme el universo entero. Cuando tus párpados bajan el telón, el gran teatro de la vida enmudece, sepultado en la oscuridad, y emerge el teatro de lo onírico, el mágico y misterioso mundo de lo que un niño que es todo amor y dulzura es capaz de imaginar. Agarrado a mi mano, tu cuerpo se encoge a su alrededor para impedir que escape. Lejos de querer escapar, esa mano mía acaricia tu pequeño y laxo cuerpecillo, como queriendo transmitir a tu mundo interior esa caricia, para que la sueñes también y disipe tus miedos.

         Tu compañía me llena la vida, tanto de día como de noche. La llena de ti, de tu presencia, de tus palabras, de tus gestos, de tus sonrisas, de tu esencia. Tu ilusión es mi ilusión. Tus esperanzas son mis esperanzas. Tu sufrimiento cuando estás enfermo se filtra por mi piel, lo absorbo para librarte de él, y a cambio te filtro paz, tranquilidad y confianza. Tus miedos se disipan cuando los compartes conmigo. Tu alegría es mi gozo. Tu sonrisa es mi carcajada. Tu carcajada es mi felicidad.

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