Cuando cierras los ojos y tu cuerpo, relajado, acompasa una respiración regular y serena, no sólo se duerme un niño de seis años: se duerme el universo entero. Cuando tus párpados bajan el telón, el gran teatro de la vida enmudece, sepultado en la oscuridad, y emerge el teatro de lo onírico, el mágico y misterioso mundo de lo que un niño que es todo amor y dulzura es capaz de imaginar. Agarrado a mi mano, tu cuerpo se encoge a su alrededor para impedir que escape. Lejos de querer escapar, esa mano mía acaricia tu pequeño y laxo cuerpecillo, como queriendo transmitir a tu mundo interior esa caricia, para que la sueñes también y disipe tus miedos.

         Tu compañía me llena la vida, tanto de día como de noche. La llena de ti, de tu presencia, de tus palabras, de tus gestos, de tus sonrisas, de tu esencia. Tu ilusión es mi ilusión. Tus esperanzas son mis esperanzas. Tu sufrimiento cuando estás enfermo se filtra por mi piel, lo absorbo para librarte de él, y a cambio te filtro paz, tranquilidad y confianza. Tus miedos se disipan cuando los compartes conmigo. Tu alegría es mi gozo. Tu sonrisa es mi carcajada. Tu carcajada es mi felicidad.

         Queridísimo hijo, no tienes edad de comprender esto, y no lo leerás hasta que la edad y el entendimiento te acompañen, pero aquí te lo dejo escrito por si me ocurriera algo en el camino.

         Cuando juegas a ser el papá de los peluches, te comportas con ellos como ves que yo me comporto contigo. Juegas, los educas, les riñes y los mimas. Les dices cosas divertidas y te ríes de sus ingeniosas respuestas; los incluyes en tus cuentos de todas las noches; les haces partícipes de tu vida día a día. Los quieres, como hijos tuyos que son y a todos los haces sentir especiales.

         Cuando te pregunto qué quieres ser de mayor, tú respondes: “papá”. Y a mí se me encoge el alma de la emoción y me inunda un sentido de la responsabilidad, pesado como el plomo, porque ese rol que tú quieres jugar de mayor será tanto mejor cuanto mejor lo haga yo contigo. La vida te dará hijos y ellos serán muy afortunados de tenerte porque eres la persona más maravillosa que conozco: bueno, simpático, cariñoso, honesto, sincero, responsable, educado, noble, empático… Tienes todas las virtudes que un niño de 6 años puede tener, y muchas más.

         Por eso, querido José David, lucho y lucharé por un mundo donde los papás no dejen de serlo tras un divorcio, convirtiéndose en visitadores de sus propios hijos. Lucho y lucharé porque tú sigas teniendo padre y madre en igualdad de condiciones, como siempre los tuviste, y porque, si te llega el caso, tú lo tengas mucho más fácil con tus propios hijos. Lucho y lucharé para que este calvario judicial que yo atravieso para darte lo que es tuyo por derecho propio no lo tengas que atravesar tú para seguir ejerciendo de padre de tus hijos.

         La justicia es una lotería: hay jueces buenos y jueces nefastos. Las cosas sólo cambiarán cuando cambien las leyes y la sociedad, cuando se establezca la custodia compartida como norma preferente y se repudie socialmente el uso de los niños, por parte de algunas madres, para obtener dinero y casa. A ti también te puede pasar, José David, algún día; pero aquí me tienes, dejándome el alma para darte hoy lo que te mereces (un padre como el de siempre) y también mañana (la posibilidad de seguir ejerciendo la paternidad tras un divorcio).

         No cambies nunca, cariño. Sigue jugando a ser mayor, a ser papá. Sigue mirando el mundo con esa ilusión desbordada que te hace único, sigue creyendo en la magia y en que todo es posible, sigue siendo niño, que aquí estoy yo para protegerte de todo.

         José David, chiquitín, te quiero más que a mi vida.

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