He aquí un nuevo ejemplo de la espeluznante tragedia que viven cientos de miles de niños en España. El artículo que enlazo comienza con un párrafo escrito por un niño de 7 años con ayuda de una redactora. Resulta estremecedor y al mismo tiempo indignante, que se someta a esa pobre criatura inocente a la tortura de arrancarle un trozo de sí mismo.

         Lo que el niño no entiende (y esperemos, por su propia estabilidad emocional, que tarde mucho en entenderlo) es que no es el juez quien quiere separarlo de su padre; es su propia madre. El juez sería, en este caso, un colaborador necesario, como se dice en derecho, pero es la propia madre la verdadera culpable de esta aberración contra natura, al negarse a llegar a un acuerdo con el padre para compartir la custodia.

         Antes de continuar esta reflexión, dejo el enlace:

Tengo 7 años, me llamo Jaime y un juez quiere separarme de mi padre

“Me gusta mucho hablar con mi padre, a veces discutimos porque tengo que cenar pescado, y no me gusta el pescado; él dice que es mucho mejor que las hamburguesas, pero no me gusta el pescado… pero ¿por qué me tengo que quedar con mi madre? ¿no me puedo quedar con los dos?”

         El artículo de Paloma Fernández, muy completo y con un planteamiento impecable, hace mención de la Convención por los derechos del niño, y aquí me gustaría detenerme un instante. En su artículo 9.1, expresa que “los Estados Partes velarán por que el niño no sea separado de sus padres contra la voluntad de éstos”. Es obvio que España, como Estado Parte, está vulnerando flagrantemente este punto, que sólo se respetará cuando se establezca la custodia compartida como norma preferente. Y es por ello que, como comentaba en días pasados, es conveniente que empecemos a acudir en masa al Tribunal Europeo de Derechos Humanos para que obligue a nuestro gobierno a cambiar su legislación.

         Pero, si grave es que un estado como el español conculque los derechos del niño, ¿cuánto más grave será que sea la propia madre del niño quien vulnere estos derechos? ¿Qué clase de madre antepone sus intereses personales (dinero, casa, odio, despecho, o lo que sea) a los derechos fundamentales de sus propios hijos? ¿Qué condena penal debería recibir, en un mundo que fuese justo, una persona que hace daño a sus propios hijos para satisfacer propósitos espurios?

         Del mismo modo, hay padres impresentables en todos los sentidos, repugnantes y miserables, que abandonan a sus hijos al grito de “los niños son cosa de mujeres; que se quede la custodia ella” y se largan a vivir por ahí nuevas experiencias que debieron haber pasado a los 15 años, pero que cristalizan en su neoinfantil cerebro como una suerte de liberación reafirmante de su retrógrado y estereotipado concepto de la virilidad. Esos padres que, en el mejor de los casos, se conforman con pasar una pensión, y muchas veces ni eso, son también culpables de tortura infantil, y tampoco se me ocurre una pena adecuada para ellos.

         No sé, quizá yo sea un bicho raro. Quizá poner la felicidad y el bienestar de los hijos por delante del resto del universo sea algo infrecuente o anómalo. ¿Tan raro soy?

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