Si hay un sinsentido que, en su condición de inteligente y, por tanto, dotado del don de la comprensión del fluir del tiempo, el ser humano cometa en exclusiva en todo el reino animal, es el de negar su inexorable avance. La Historia (que tantas lecciones útiles nos ofrece) constituye una permanente lucha generacional, un enfrentamiento fratricida entre el mañana y el ayer, entre abuelos y nietos en sentido amplio. Por sorprendente que pueda resultar, no importa qué momento histórico concreto seleccionemos, ni qué lugar ni qué cultura, siempre hallaremos una generación cambiando cosas, y otra lamentando los cambios. Si bien la madurez proporciona experiencia y la experiencia sabiduría, el tiempo, que tan despreocupado discurre al principio de la vida, se va anquilosando, se va haciendo torpe y espeso, y parece atascarse en algún momento, como una maquinaria oxidada y rígida, incapaz de continuar en movimiento.

                Pocos avances sociales han escapado de este guión para establecer su propio camino, pero aún más acusado es el efecto en el progreso tecnológico. Si la imprenta acabó con la profesión de escriba y nadie hoy lo lamenta, ¿por qué somos tan reacios a adoptar la misma perspectiva respecto a la revolución tecnológica actual? Internet y todo lo que la rodea, como soporte físico de la comunicación instantánea y la difusión del conocimiento, conforman el paradigma, pero no hemos de olvidar que antes de llegar aquí hubo otros avances bruscos, difíciles de asimilar para las personas más mayores, como los ordenadores o los teléfonos móviles. ¿Qué fue de las máquinas de escribir? ¿Qué fue de la profesión de fabricante de máquinas de escribir? Recuerdo una vieja Olivetti de mi padre con la que yo escribí, con poco más de diez años, mis primeras tonterías. Los ordenadores, con sus procesadores de textos y sus impresoras, acabaron con las máquinas de escribir y, con ellas, destruyeron también algunas profesiones, las de las personas que trabajaban en su diseño y construcción.

                Pero eso es el pasado, ¿verdad? Es fácil descartar todo aquello con un gesto de la mano, como si no estuviera más cerca de nosotros que el emperador Marco Aurelio. Ahora nos preocupa internet; nos preocupa la libre difusión de la información; nos preocupa que los artistas dejen de ingresar sus derechos de autor, fruto de la propiedad intelectual, por culpa de la piratería informática. Y el FBI, ínclito vocero de la necedad más exclusivamente humana, se jacta de haber cerrado Megaupload, un servicio con cientos de miles de usuarios en todo el mundo, como si con eso fuese a congelar el tiempo e impedir que la revolución tecnológica se lo lleve todo por delante, que los ordenadores acaben con las máquinas de escribir, que la imprenta deje sin trabajo a los escribas. ¿Habrían salvado, acaso, su negocio los fabricantes de velas si hubieran encerrado en la cárcel a Thomas Alva Edison?

                El que cae al vacío desde las alturas puede reducir la velocidad de su caída extendiendo su cuerpo para ofrecer mayor resistencia al aire, pero no puede evitar caer. Los artistas, los creadores de contenidos sujetos a derechos de autor, pueden extender el cuerpo y cerrar una web aquí y otra allá, pero la caída es inevitable, y sólo sobrevivirán a ella quienes dediquen sus esfuerzos a prepararse para el aterrizaje, los que sean capaces de adaptarse y seguir jugando a un viejo juego cuyas reglas han cambiado, o a un nuevo juego con reglas totalmente distintas.

                La literatura, una de mis pasiones, es probablemente una de las artes más vulnerables a esa difusión que internet facilita. Es extremadamente sencillo copiar y transmitir un libro, y los lectores de ebooks constituyen una herramienta excelente para leer con toda comodidad. ¿Cómo afrontarán esto los autores? ¿Y los editores? No conozco la respuesta, pero es claro que la peor manera de reaccionar es no reaccionar.

                Algunos autores ofrecen sus obras en internet, en descarga directa, a un precio bajísimo. Es una buena idea porque, si el precio es lo bastante bajo, resulta preferible comprarlo con todas las garantías a descargarlo por ahí y que tenga defectos o virus. Y las ventas serán mucho más numerosas en un mercado potencial de varios miles de millones de clientes.

                Otra alternativa es la difusión gratuita, dando al consumidor la posibilidad de realizar una donación voluntaria. En efecto, si uno puede permitírselo, se sentirá tentado a echar una mano a su autor favorito para que continúe produciendo ese material que tanto nos gusta.

                Los editores pueden ofrecer una garantía de calidad, un filtro previo que permita saber al lector que está adquiriendo un producto que vale la pena. Y, no lo olvidemos, los libros son decorativos, además de su función principal de ser leídos.

                En definitiva, los creadores de contenidos se enfrentan a una revolución tecnológica ante la que están obligados a reaccionar para adaptarse. La lucha contra la piratería, contra las descargas ilegales, contra las mil y una formas de compartir ficheros… Todo eso está condenado al fracaso, y aferrarse a ello es perder el tren del progreso. Es como tratar de prohibir la imprenta para proteger el trabajo de los escribas. Cuantas más prohibiciones como ésas se impongan, cuantos más recursos se destinen a luchar contra lo inevitable, cuantos más esfuerzos hagamos por contener la ola gigante de la revolución tecnológica, menores serán nuestras posibilidades de sobrevivir a ella.

                De hecho, creo que el futuro de la literatura es dejar de ser una profesión. Estamos acostumbrados a que casi cualquier actividad que desarrolla una persona sea considerada una profesión pero, ¿por qué? Si lo pensamos, no cabe duda de que necesitamos médicos profesionales y pilotos de avión profesionales. Son tareas de gran responsabilidad, y la vida de muchas personas depende de que se realicen correctamente. Pero ¿cuántas profesiones requieren, realmente, profesionalidad? ¿Qué ocurre si un artista hace mal su trabajo? ¿Se muere alguien? ¿Se arruina alguien? ¿Causa algún mal irreparable? ¿Qué impacto tendría que los artistas dejasen de ser profesionales y ejerciesen el arte como aficionados? En mi opinión, cero, nada, ningún impacto. Seguiríamos teniendo música, pintura y literatura. Lo harían personas en su tiempo libre y no ganarían dinero con ello. Las obras correrían por internet sin ninguna restricción y, muy probablemente, los admiradores de cada autor harían donaciones voluntarias para permitir a ese autor dedicar más tiempo a su obra creativa.

                Y la calidad del arte mejoraría.

                Es ley de vida y el refranero español (qué maravilloso aquel pasaje en el que Sancho Panza empieza a enlazar refranes unos con otros, como atrapado en una espiral enloquecida de la que no puede apearse, hasta que don Quijote, desquiciado, le manda callar), el refranero, digo, contiene una grandísima verdad muchas veces demostrada: “Renovarse o morir”.