abril 2014


                –Eneas, Eneas.
                –Dime hermosa.
                –Ya no hacemos cosas juntos.
                –No.
                –No me llevas de paseo ni a ver ninfas ni a olisquear florecillas.
                –Venga Lavinia, calla un poquito que así no hay quien funde Roma.
                –Pues que la funden los zagales.
                –¡Paco! ¡Despierta! Deja ya de decir tonterías en sueños, que entre eso y que me tienes la teta cogida, no me dejas dormir.

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                Escrutó la habitación con su lupa en busca de pistas, paseando por todos sus recovecos un ojo inmenso enmarcado en una circunferencia metálica.
                No encontró huellas.
                La mesa de despacho estaba ordenada y limpia. No había polvo ni papeles ni carpetas ni libros. El flexo estaba apagado. Lo encendió: proyectó una luz amarilla sobre el tapete verde. Lo observó de perfil, inclinado, y se convenció de que no había polvo allí. Ni papeles ni carpetas ni libros, claro. Se sintió imbécil por ese pensamiento.
                El sillón de cuero estaba caliente cuando se levantó de él. Pasó la lupa sobre el asiento y no halló pelos ni trozos de uña ni ningún otro objeto de interés para la investigación.
                Las librerías que vestían las paredes no tenían libros.
                La alfombra estaba impoluta.
                La puerta, cerrada por dentro.
                —Qué formidable misterio —se dijo en un susurro— sería si aquí hubiese un muerto.

                –Hermógenes, Hermógenes.
                –Dime maestro.
                –¿Qué ocurre ahí fuera? ¿Qué es esa algarabía?
                –Es una jauría de perros procaces.
                –Válgame Zeus, ¿qué será de mí, Hermógenes; qué esperar de tan desalmadas fieras?
                –No ocurrirá nada, maestro. No te hagas fabulaciones quiméricas.
                –Adiós, Hermógenes; muero de angustia.
                –¡Paco! ¡Despierta! Deja ya de decir tonterías en sueños, que entre eso y que me tienes la teta cogida, no me dejas dormir.

                –Hermógenes, Hermógenes.
                –Dime maestro.
                –Me he quedado sin pedúnculos en el cerebelo.
                –Válgame Zeus, otra vez.
                –Rápido Hermógenes, que se acaba el mundo.
                –No se acaba, son fabulaciones quiméricas tuyas.
                –Adiós, Hermógenes; muero de pena.
                –¡Paco! ¡Despierta! Deja ya de decir tonterías en sueños, que entre eso y que me tienes la teta cogida, no me dejas dormir.