A continuación presento el relato que resultó finalista en el prestigioso concurso literario Luis Adaro 2014. Agradezco a la organización del certamen y a su jurado el reconocimiento a mi trabajo y el premio que me han otorgado.

 

El cuento

 

De regreso de Viena, revivía la experiencia una y otra vez, y en cada ocasión añadía matices al relato y lo adornaba con detalles a los que sólo él encontraba sentido. Porque sólo él sabía el entusiasmo tan grande que sentía por Johan Strauss y la ilusión que le había supuesto conocer la ciudad de los valses.

Paseando por la capital de la música había respirado ese aire cargado de acordes que parece no envejecer nunca porque siempre ha sido antiguo y distinguido, esa atmósfera impregnada de armonías al compás de tres por cuatro que baila con uno, si es que uno sabe dejarse llevar. Los músicos callejeros se funden con su yo pretérito con sólo mudarse de ropa, sin variar un ápice el repertorio de composiciones, y lo llenan todo de una sonoridad resplandeciente, con esa maestría única en el mundo que lo obliga a uno a detenerse, a deleitarse y a aplaudir con las manos y con el alma. Esos músicos callejeros, esos despojos de los conservatorios, esos harapientos mendigos, esos virtuosos sin nombre ni mañana.

Acababa de abandonar la estación de Südbahnhof. Por la ventanilla aún desfilaban hermosos edificios de estilo inconfundible. Así lo veía él mientras se esforzaba en deglutir el nudo de emociones que obstruía su garganta: estilo vienés. No existía nada comparable en el universo mundo.

Notó algo en el asiento de al lado y miró con el rabillo del ojo. Su hermano Sergio había vuelto del aseo y se disponía a dormir un rato.

–¿Todo bien, Rafa? –preguntó. Y, sin esperar respuesta, echó la cabeza hacia atrás. Su ritmo respiratorio comenzó a ralentizarse.

La ventanilla del tren que recorría los 80 kilómetros que separan Viena de Bratislava seguía mostrando un bello espectáculo. Rafa lo contemplaba con atención. Habían comenzado a atravesar una zona arbolada que, de inmediato, evocó los primeros compases del Tales from the Vienna Woods. Creía recordar que lo habían traducido como Bosques de Viena, ignorando la parte más bella del nombre: los cuentos.

A Rafa le encantaban los cuentos. Le vino a la memoria uno que Sancho Panza relata a don Quijote, el de Lope Ruiz y la Torralba y las trescientas cabras. Y se sonrió por dentro al visualizar al histriónico don Quijote y al entrañable Sancho, figuras que con tanto detalle él había construido en su imaginación. Sergio le había leído ese cuento años atrás, junto con toda la obra de Cervantes, y aún ahora le parecía divertidísimo. Qué bueno don Miguel de Cervantes Saavedra, pensó. Quién pudiera viajar a 1605 y conocerlo en persona. Menos mal que no existen las máquinas del tiempo, se dijo, porque no darían abasto conmigo.

Cuando dejó de construir sus propias fantasías y volvió la vista hacia afuera, se dio cuenta de que había perdido buena parte del interés por los bosques y por Viena. Se tomó el tiempo necesario para examinar el interior del tren. Iba completo, notó con satisfacción.

Se fijó primero en la chica que estaba sentada frente a él. Debía de tener unos veinte años. El pelo era rojizo, la cara pecosa y la piel clara. Su ropa parecía fina y cómoda, seguramente elástica. Viajaba sola, con las piernas dobladas y retorcidas bajo el cuerpo y la cabeza apoyada en la ventana. Tecleaba a toda velocidad en el móvil mientras escuchaba música por los auriculares. Rafa descartó que el destinatario de aquel mensaje fuese su novio o su pareja sentimental: la cara de la chica no transmitía la menor emoción. Parecía relajada, aunque escribía como si tuviera prisa y de vez en cuando hacía una mueca o un mohín. Seguramente estaba escuchando Strauss o Mozart o Beethoven. ¿Qué otra cosa podía escuchar alguien que acababa de visitar Viena?

Pero, en realidad, la chica no había estado en Viena de visita, sino que vivía allí. Era Ana Karenina viajando en tren desde San Petersburgo a Moscú. Rafa se concedió un instante para ponderarlo y la idea le satisfizo, aunque hubo de conformarse con los nombres rusos porque no conocía ninguno eslovaco. La chica, Ana Arkadievna, se trasladaba de Viena a Bratislava, donde vivía su hermano Stiva, funcionario, para echarle una mano con el asunto de su novia, de quien era buena amiga. Stiva le había sido infiel con una becaria, ella lo había descubierto y había cortado con él tras montarle un numerito. Así que era Stiva el impaciente interlocutor al otro lado del móvil, implorando a su hermana que convenciese a su novia, o más bien ex novia, de que lo perdonara al tiempo que ofrecía todo tipo de detalles truculentos, supuestamente destinados a excusar su desliz ante los ojos de Ana.

Rafa tomó nota mental de buscar a Vronsky en la estación tan pronto como llegasen a Bratislava. Se lo imaginó flaco y desgreñado, con un aro en la oreja y una camiseta negra con dibujos satánicos.

Algo que rozó su pelo lo sacó de su ensimismamiento. Era Sergio, que se había girado y le colocaba los cascos, sonriéndole.

–Como veo que no te duermes –dijo–, te pongo un poco de música.

Sergio volvió a su posición de reposo y dejó a Rafa con Romeo and Juliet, de Dire Straits. Era el tercer tema del álbum, pero a Sergio le gustaba escucharlo el primero. Manías. Rafa se preguntó cuántas parejas de Romeos y Julietas habría en aquel tren y, de ellas, cuántas lo serían en sentido shakespeariano y cuántas en knopfleriano. Los amores ya no eran imposibles por culpa de rencillas familiares o por condicionamientos sociales equivalentes, ni tampoco, opinaba, por la pueril frivolización de las relaciones interpersonales que mostraba la canción. Los amores no es que fueran imposibles, es que eran distintos. El romanticismo había dejado sitio al pragmatismo, y ahora se amaba a una persona mientras era conveniente. Cuando dejaba de serlo, se acababa el amor.

You and me, babe, how about it?

Pensándolo bien, sí que eran frívolas las relaciones de hoy en día.

Se fijó en una pareja que viajaba varias filas por delante de él. Sólo podía ver su cabello y, cuando se giraban al hablar, parte de la cara. Pero hablaban poco. Frisaban los cuarenta. Ella embadurnaba arrugas con maquillaje y él peinaba algunas canas y afeitaba otras, y se sentía interesante por ello. Él estaba más cómodo con su edad que ella. No eran unos Romeo y Julieta del siglo XXI, sino más bien unos Paco y Loli, una pareja más, hecha en serie en la fábrica de los ex, promoción de los dosmiles. El gesto de él denotaba apatía, esa falta de pasión propia del declive sexual; el de ella, cierta ansiedad provocada por la percepción del tiempo como un feroz enemigo que le pasa a una por encima, inmisericorde, asolando lo que tanto trabajo ha costado conservar. Él no sabía si quería estar allí o en cualquier otro lugar; ella quería que él estuviera más allí y menos en el limbo. Quizá alguno de los dos tuviera hijos, Rafa no encontró indicios ni se sintió tentado a especular con ello, pero si los tenían, representaban un estorbo para la relación. En caso contrario, los habrían llevado consigo.

Era de esperar que estuvieran tan entusiasmados de haber visitado Viena como lo estaba él, y sin embargo no era así, aunque fingieran estarlo. Y no es que quisieran engañar a nadie, dedujo Rafa; a nadie más que a ellos mismos… Para que las cosas tuvieran sentido, Paco y Loli necesitaban que su viaje fuese idílico, que los hiciera felices y les ayudara a recargar las pilas de sus ilusiones. Estaban desafiando al destino, obstinándose en transformar lo negro en blanco a base de terquedad.

Probablemente, en eso consistía el romanticismo del siglo XXI.

La música se desvaneció de manera gradual, como el grito de alguien que cae por un precipicio. Tal vez la batería del reproductor de mp3 se hubiese agotado. Mejor así. Prefería el silencio para fantasear sobre los pasajeros, para inventar cuentos que más adelante apuntaría y publicaría en colecciones según medios de locomoción: cuentos del tren, cuentos del avión, cuentos del crucero…

Para la serie del tren, aún tenía unos cuantos pasajeros candidatos a protagonista. Era tentador elegir al padre que viajaba con su hijo adolescente, al que abrazaba por los hombros mientras le hablaba al oído de todo cuanto iba desfilando por la ventanilla, pero constituía poco desafío: cualquiera podía deducir fácilmente que el hombre estaba divorciado, que sufría mucho por ver tan poco a su hijo durante el curso escolar, que trataba de aprehender cada instante que pasaba con él, llenar de vida todos los minutos que compartían como si fuesen celdas de una cubitera que generalmente estaba vacía.

También era fácil comprender que el niño se sentía culpable, que trataba de hacer feliz a su padre fingiendo a su vez ser feliz él mismo y que las circunstancias que se veía obligado a vivir habían destruido su infancia, su adolescencia, sus proyectos.

Delante del niño con su padre viajaba un hombre de mediana edad, con un teléfono móvil pegado a la oreja, que no había parado de vociferar desde que habían abandonado la estación. No se le entendía nada, así que Rafa supuso que debía de hablar eslovaco. Por el tono asertivo y rotundo que empleaba, se podía deducir que era un jefe de alguna empresa dando instrucciones a un subordinado. Pável, decidió llamarlo.

Pável era responsable de ventas de una empresa bratislava de golosinas dulces y pegajosas. Había viajado a Viena para cerrar un negocio con un distribuidor local, pero no había alcanzado un acuerdo satisfactorio porque al empresario vienés le gustaban las golosinas con poca azúcar y poca pegajosidad. Y ahora Pável se volvía con las manos vacías. Literalmente, puesto que la bolsa de golosinas de muestra que se había llevado había sido devorada por los miembros del consejo de dirección de la compañía vienesa.

Tras comerse todas las chuches de la muestra, los condenados vieneses habían declarado que no les gustaban nada, y se habían marchado muy ufanos de la reunión.

Ahora, Pável estaba dando instrucciones sobre la nueva campaña publicitaria para la temporada entrante: había que potenciar las virtudes de la dulzura y la pegajosidad. Especialmente, en Viena. Esos condenados distribuidores locales se iban a quedar con sus golosinas insulsas y resecas y se las iban a meter por…

–Rafa –dijo Sergio–. No puedo dormir. No sé si estarás aburrido, pero por si acaso, te voy a leer un cuento –y le mostró un pequeño libro de bolsillo–. Es sobre un viaje en tren, parecido a éste…

A Rafa le entusiasmaban los cuentos. Desde el accidente que se había llevado a sus padres y a él le había arrebatado la movilidad y el habla con solo cinco años, nadie había creído que él fuera algo más que un vegetal, un ser inerte al que había que mantener con vida contra toda lógica. Nadie, excepto Sergio. Su hermano, su querido hermano, que entonces tenía nueve años, sabía de algún modo que Rafa oía y entendía, aunque no tuviese modo de responder. Le había leído libros, había compartido con él su música favorita, le había enseñado cuantas cosas iba él aprendiendo en el colegio y, sobre todo, había inventado para Rafa un nuevo cuento cada noche, un cuento lleno de aventuras, un cuento de mucha risa y con mucho sentimiento. Y Rafa se había dormido feliz, tranquilo, con su sonrisa exangüe fosilizada en la cara, completamente seguro de que algún día sería él quien contase cuentos a otros.

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