De vez en cuando tropiezo con textos como éste: Custodia compartida una vez más.

Procuro no hacer caso, ni me molesto en leerlos la mayor parte de las veces, pues la reiteración de las mismas falacias resulta de lo más aburrido. Además, siempre que trato de responder con algún comentario refutando las idioteces que dicen, mis comentarios son censurados. La demagogia y la censura son siempre compañeras de viaje.

El “artículo” que comento hoy no tiene nada de especial, es más de lo mismo. Me detengo en él debido al contexto, a la ley de custodia compartida que se está tramitando en el Parlamento y a las manifestaciones, rematadamente torpes según la interpretación más benévola, del ministro Catalá.

Y es que la señora Falcón se empecina, como de costumbre, en reavivar el modelo machista y retrógrado tradicional que consiste en mandar a la mujer a la cocina, a fregar y a cambiar pañales, y a los hombres a trabajar fuera de casa y, a ser posible, sin pisarla. Según este modelo, que ella y sus compinches llaman con sorna “feminismo”, los roles de hombre y mujer no pueden ser más diferentes, no pueden estar más alejados de la igualdad que persigue el auténtico feminismo, con el que siempre me he sentido identificado.

La señora Falcón esgrime, para condenar la custodia compartida que tanto odia, un peregrino argumento: las parejas se separan porque los hombres son maltratadores. Muy traumática ha tenido que ser la experiencia de la señora Falcón (cosa que lamento sinceramente) para llegar a una conclusión como esa. Selecciona ella unos cuantos ejemplos (de cuya veracidad no dudo) y de ellos hace norma, sin entender, o sin querer entender, que se puede hacer idéntica selección de madres que matan hijos, de señoras que asesinan a sus parejas o de perros que muerden a sus dueños. Es decir, los casos concretos son casos concretos, no se puede legislar para todos en función de unos pocos. Los maltratadores, las maltratadoras, los asesinos y asesinas, y todas aquellas personas que cometan delitos, deben tratarse de manera individual en función de lo que hayan hecho.

Lo cierto, señora Falcón, es que la inmensa mayoría de las parejas se separan porque su relación no funciona. Sencillamente. La vida en pareja es cada vez más difícil, los modelos sociales van cambiando y las estructuras familiares se tienen que ir adaptando. Entretanto, la gente sigue unas inercias como casarse y comprar una casa a medias, heredadas de tiempos pasados, y acaba estrellándose contra una realidad social diferente que hace que el modelo sea inviable. Las parejas se rompen, se odian, se tienen rencor… y es normal, porque uno pone su ilusión en un proyecto de vida y percibe que la otra persona tiene la culpa de que ese proyecto de vida se vaya al traste. Las rupturas de pareja conllevan odio, sí, pero es un grave error confundir ese odio legítimo con el maltrato doméstico.

Condenar a la mujer a ser chacha y canguro no es la solución. La custodia materna impuesta es el fracaso del feminismo.

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