Los perroflautas pijos, o pijoflautas, han logrado convencer con su discurso pretendidamente erudito, ciertamente casposo, a una legión de ceporras y ceporros que acojona, no tanto por el número de votos que han recibido los stalinistas de pazo y chalé como por la cantidad ingente de cretinez que anega nuestro electorado.

Esa cretinez severa cursa con notable pérdida de visión, que imposibilita a la ceporril marea el ver que el caudillo Coleta Morada forma parte de esa casta-élite del 1% de los más ricos de España (la nación discutida y discutible en palabras de un retrasado de cejas picudas que okupó la Moncloa), que la diputada Carolina Bebécolgando Bescansa vivió su infancia y juventud entre pazos, chalés y descapotables o que Juan Carlos Declaracióncomplementaria Monedero tuvo que ajustar cuentas con el fisco después de haberse “equivocado” con unos cuatrocientos mil eurillos de nada que olvidó declarar. Por no hablar del móvil de Coleta Morada, financiado por y a nombre de un jeque árabe, poderoso cacique de una dictadura mediooriental, que igual por allí los caciques no son casta, quién sabe. O de aquel diputado andaluz de cuyo nombre no quiero acordarme que se enorgullece y enorgullece a sus líderes de agredir a los fascistas cuerpos de seguridad del estado, arriesgando su libertad en tan noble acto.

A toda esta gente se le llena la boca de bazofia comunista, de emergencias sociales y de teorías robinhoodianas trasnochadas, de lo que transformó Venezuela de ser el país más rico de latinoamérica a ser el más pobre, de las medidas que se adoptaron en la URSS, en Cuba o en China antes de que empezaran a resucitar con perestroikas y liberalizaciones del mercado. Quieren convertirnos en Grecia para luego echarle la culpa a Merkel de nuestra ruina.

Eso sí, como buenos totalitarios, ellos a seguir viviendo como marqueses; a cobrar varios sueldos y herencias y olvidarse de declararlos; a pedir media docena de grupos en el congreso para cobrar las subvenciones correspondientes. Lo que viene siendo el comunismo de toda la vida, vaya: empobrecer a los demás para enriquecerme yo.

Pequeños detalles, en fin, insignificantes, que no pueden ver nuestros convotantes por culpa de su enfermedad, virus incubado tanto tiempo y con tanto esmero por politicuchos de todos los colores y formas cejiles, que con su despreocupada negligencia o su manifiesta ineptitud activa han construido un sistema educativo (diecisiete, más bien) y una conciencia social que nos ha llevado a esto. La enfermedad del ceporrismo tiene vacuna pero nuestros gobiernos se han asegurado de guardarla a buen recaudo bajo siete cerraduras. Ahora, la mitad de la población está infectada y la mitad de la otra media corre peligro de contagiarse.

Y en medio de toda esta emergencia sanitaria aparece Pedro Machoalfa Sánchez para decir “noesnó” al barbudo Culopegado, en un figurado gesto de mirada chulesca y desafiante, navaja de Albacete en mano, y una sonrisa triunfal dirigida a las hembras de su manada que significa: “lo tengo acojonao, soy el puto amo”. Ese puto amo que, como todos los putos amos de su ralea, se halla gravemente infectado por el virus, está pronto a ponerse en manos de los pijoflautas que le susurran en la nuca lo que tiene que ir haciendo para seguir siendo el puto amo, el macho alfa.

¡Vamos, Perrito! ¡Muerde al de la barba!

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