Relatos


                –Eneas, Eneas.
                –Dime hermosa.
                –Ya no hacemos cosas juntos.
                –No.
                –No me llevas de paseo ni a ver ninfas ni a olisquear florecillas.
                –Venga Lavinia, calla un poquito que así no hay quien funde Roma.
                –Pues que la funden los zagales.
                –¡Paco! ¡Despierta! Deja ya de decir tonterías en sueños, que entre eso y que me tienes la teta cogida, no me dejas dormir.

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                Escrutó la habitación con su lupa en busca de pistas, paseando por todos sus recovecos un ojo inmenso enmarcado en una circunferencia metálica.
                No encontró huellas.
                La mesa de despacho estaba ordenada y limpia. No había polvo ni papeles ni carpetas ni libros. El flexo estaba apagado. Lo encendió: proyectó una luz amarilla sobre el tapete verde. Lo observó de perfil, inclinado, y se convenció de que no había polvo allí. Ni papeles ni carpetas ni libros, claro. Se sintió imbécil por ese pensamiento.
                El sillón de cuero estaba caliente cuando se levantó de él. Pasó la lupa sobre el asiento y no halló pelos ni trozos de uña ni ningún otro objeto de interés para la investigación.
                Las librerías que vestían las paredes no tenían libros.
                La alfombra estaba impoluta.
                La puerta, cerrada por dentro.
                —Qué formidable misterio —se dijo en un susurro— sería si aquí hubiese un muerto.

                –Hermógenes, Hermógenes.
                –Dime maestro.
                –¿Qué ocurre ahí fuera? ¿Qué es esa algarabía?
                –Es una jauría de perros procaces.
                –Válgame Zeus, ¿qué será de mí, Hermógenes; qué esperar de tan desalmadas fieras?
                –No ocurrirá nada, maestro. No te hagas fabulaciones quiméricas.
                –Adiós, Hermógenes; muero de angustia.
                –¡Paco! ¡Despierta! Deja ya de decir tonterías en sueños, que entre eso y que me tienes la teta cogida, no me dejas dormir.

                –Hermógenes, Hermógenes.
                –Dime maestro.
                –Me he quedado sin pedúnculos en el cerebelo.
                –Válgame Zeus, otra vez.
                –Rápido Hermógenes, que se acaba el mundo.
                –No se acaba, son fabulaciones quiméricas tuyas.
                –Adiós, Hermógenes; muero de pena.
                –¡Paco! ¡Despierta! Deja ya de decir tonterías en sueños, que entre eso y que me tienes la teta cogida, no me dejas dormir.


            -¿Andestán lor zagaleh?
            -Ancalasputas –responde el de la ramita, que ahora chupa un farias sin encender.
            -¡Hottia! ¡Lor zagaleh pequeñoh, pijo!
            -Yo qué capullo sé. Tarán casumare, copón, que hoy les toca.
            -¿Ancaquemare? –pregunta mientras se rasca un testículo.
            -¿Cuála va’ser, rehottia? ¡Y ha’l favó de dejarte quieto’l güevo, que te se va poné colorao como la punta’l pijo un mono!
            -M’arrasco porque me pica. ¿He paha?
            -Ná, cohoneh, no paha ná. Asín te se reviente la güevera de tanto estrujala.
            Siguen caminando despacio, rumbo al celerador de enpartículas, hasta que se sientan junto a un árbol a descansar.
            -¿Ta mu lejos? –pregunta el del farias.
            -¿Cuálo?
            -¡Tu puta mare! ¿Cuálo va ser, el celerador de enpartículas?
            -Dos picosquinas más pallá, to tieso.
            Y allá que se encaminan.


            Abre el periódico y lee: “Detienen la máquina del big bang”, y en el subtítulo: “El Gran Colisionador de Hadrones (LHC), fuera de servicio por tareas de mantenimiento”.
            -¡Recapullos! -gruñe.
            -¿Qué pijo pasa? -pregunta el compinche con una ramita entre los dientes.
            -¡Acho, han parao el Lach hadrón colíder!
            -¿Cuálo?
            -El celerador de enpartículas.
            -¿Parao de parao?
            -Eso paice. Van a’cerle un mamamiento.
            -¡La virgen de la teta’l hombro! ¡Un mamamiento! Cintíficos mariconaos…
            -Ay l’has dao, con la punta’l capullo.
            El de la ramita la escupe y se levanta.
            -¿Ande pijo vas? -le pregunta el otro.
            -Al celerador de enpartículas a ver si s’han enterao d’algo.
            -Ara sí que sí. Desata al gorrino ‘e la farola que yo pago’l piscolabis.
            Y se fueron tan contentos al celerador de enpartículas.


            Abre el periódico y lee: “Las ballenas pueden imitar las voces de los humanos”, y en el subtítulo: “Según científicos estadounidenses”.
            -¡Recapullos! -gruñe.
            -¿Qué pijo pasa? -pregunta el compinche con una ramita entre los dientes.
            -Las ballenas puén hablar como los humanos.
            -¿Cuálo?
            -Como tú y como yo en perfeto castellano.
            -¿Ande cojones s’ha visto una ballena ‘blando castellano, capullo?
            -Yo qué hé, ancatumare pué sé.
            -¿A que te meto una somanta hostias que te’jo baldao, cabronazo?
            -Pos no preguntes tanto, gelipollas.
            El de la ramita la escupe y se levanta.
            -¿Ande pijo vas? -le pregunta el otro.
            -Al celerador de enpartículas a ver si s’han enterao d’algo.
            -Espeate una miaja que andan colisionando hadrones, se vaya escapar uno y te dé nun ojo.
            Y ambos esperan sentados hasta que llega el momento.

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